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Aburrirse juntos y redescubrir el valor del tiempo entre amigos

25 septiembre 2026 | Tablo App

«¿Qué hacemos?» «Ni idea.»

Hubo tardes enteras que empezaban y terminaban con este intercambio. Sentados en un murete, en una cocina, dentro de un coche aparcado. Alguien contaba algo y otra persona escuchaba a medias. Esperábamos a que surgiera alguna idea y, mientras tanto, seguíamos allí.

Al recordarlo, cuesta decir qué hacía memorables aquellas horas. Muchas veces no pasaba casi nada. Y, sin embargo, a algunas de las personas con las que más a gusto nos hemos sentido las conocimos precisamente así, cuando no teníamos nada especial que hacer.

Aburrirse juntos, en este sentido, significa pasar tiempo entre amigos sin una actividad que completar ni la obligación de divertirse a toda costa. Un espacio en el que también caben las pausas y las conversaciones más corrientes.

¿Por qué el tiempo libre siempre tiene que tener un plan?

En la vida adulta, quedar suele tener un motivo concreto. Una cena, un cumpleaños, una exposición, algo de tomar entre un compromiso y otro. «A ver si nos vemos» casi siempre va seguido de «¿Y qué hacemos?».

Es comprensible. Cuando tenemos poco tiempo libre, queremos aprovecharlo. Pero ese deseo puede llevarnos a pedirle algo más a cada salida, como un sitio interesante, una experiencia que contar o la sensación de que ha merecido la pena.

Con ese criterio, una noche cualquiera puede parecer una propuesta poco atractiva. Quedar sin un plan se vuelve difícil de justificar, incluso ante nosotros mismos. Y acabamos aplazando encuentros que solo necesitarían una mesa y un poco de tiempo.

Estar juntos sin llenar cada silencio con el móvil

Basta una pausa en la conversación. Alguien mira la pantalla y otra persona hace lo mismo. Es un gesto familiar, casi automático. En pocos segundos, el momento vacío queda ocupado.

Pero no todos los silencios necesitan una solución. Algunos son simplemente el paso de un tema al siguiente. Ahí puede aparecer un recuerdo que no venía a cuento, una pregunta pendiente o una confidencia que empieza con un «por cierto, quería contarte una cosa».

Si ocupamos cada pausa de inmediato, dejamos menos espacio para esos desvíos. La conversación continúa mientras alguien tiene algo preparado que decir. Después, cada uno busca su entretenimiento en otra parte.

La amistad y la libertad de no tener que ser interesantes

Cuando empezamos a conocer a alguien, es natural querer dar una buena impresión. Buscamos temas, contamos nuestras mejores anécdotas y nos preocupa que decaiga la conversación.

Después, cuando nos sentimos más a gusto, podemos permitirnos tener un día sin grandes novedades. Podemos estar cansados, distraídos o poco ocurrentes. La compañía sigue siendo agradable aunque nadie esté haciendo nada para convertir el momento en algo especial.

Quizá parte de lo que recordamos como «aburrirnos juntos» fuera precisamente esa libertad. No hacía falta ganarse continuamente la atención de los demás. Podíamos quedarnos, incluso sin nada nuevo que decir.

Es una forma de cercanía cotidiana difícil de construir si solo nos vemos cuando todos estamos preparados para ser divertidos.

Dejar espacio para lo inesperado

No hace falta recrear las tardes de la adolescencia. Las responsabilidades han cambiado y organizarse sigue siendo, muchas veces, la única manera de llegar a verse. Pero podemos dejar de pedirle a cada encuentro que sea especial antes incluso de empezar.

Ahí también encuentra su lugar Tablo, en la posibilidad de salir sin esperar a que el grupo de siempre esté disponible o a que llegue una ocasión especial. Sentarse a la mesa con gente nueva ofrece un punto de partida concreto. Empezamos eligiendo qué pedir, nos pasamos el pan y escuchamos a alguien contar cómo le ha ido el día. La conversación puede surgir de gestos cotidianos, sin tener que encontrar algo brillante que decir desde el primer momento.

No todas las noches darán lugar a una amistad. Pero permitirse estos encuentros significa abrir espacio a personas y situaciones que nunca habríamos conocido dentro de nuestras rutinas. Y dejar que el placer de estar juntos llegue antes que la necesidad de saber si merecerá la pena.

Quizá, al dejar de aburrirnos juntos, perdimos precisamente la paciencia de dejar que un momento cualquiera se convirtiera en algo nuestro. Las bromas que todavía repetimos, los recuerdos que solo nosotros entendemos, la familiaridad con la que nos sentamos al lado de alguien. Mientras ocurría, rara vez sabíamos que todo aquello nos acompañaría durante tanto tiempo.

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